miércoles, 6 de mayo de 2009

LAS PARADOJAS DE LA "NORMALIZACION" DEL GALLEGO

Andrés Freire, filólogo clásico y profesor de Lengua Española y Literatura
Que no nos engañe el tópico: la historia lingüística de España es una historia muy normal, similar a la de Francia, Italia o Alemania. Sólo se distingue de las del entorno por la precocidad y facilidad con la que la variante castellana se impuso sobre las otras variantes surgidas tras la fragmentación del latín. Este proceso lingüístico, por el cual una de las modalidades orales del territorio se convierte en dominante y común, es un proceso constante en todas las comunidades históricas. Es en ese contexto lingüístico en el que durante los últimos treinta años el galleguismo ha elaborado e impulsado el llamado proceso de “normalización”. Pero el resultado no ha sido precisamente el que esperaban sus promotores.

Una historia normal
Así lo resume Ferdinand de Saussure en su clásico Curso de Lingüística General: (…) Abandonada a sí misma, la lengua sólo conoce dialectos, ninguno de los cuales se impone a los demás, y con ello está destinada a un fraccionamiento indefinido. Pero como la civilización, al desarrollarse, multiplica las comunicaciones, se elige, por una especie de convención tácita, uno de los dialectos existentes para hacerlo vehículo de todo cuanto interesa a la nación en su conjunto.
(….) Una vez promovido al rango de lengua oficial y común, el dialecto privilegiado rara vez sigue siendo como era hasta entonces. Se le mezclan elementos dialectales de otras regiones; se hace cada vez más complejo, sin perder del todo por eso su carácter original: así en el francés literario se reconoce bien el dialecto de la Isla de Francia, y el toscano en el italiano común. Sea lo que fuere, la lengua literaria no se impone de la noche a la mañana, y una gran parte de la población resulta ser bilingüe, y hablar a la vez la lengua de todos y el bable (patois) local. Es lo que se ve en muchas regiones de Francia, como en Saboya, donde el francés es una lengua importada y no ha ahogado todavía el bable del terruño. El hecho es general en Alemania y en Italia, donde por todas partes persiste el dialecto al lado de la lengua oficial.

Los mismos hechos han sucedido en todos los tiempos, en todos los pueblos
llegados a cierto grado de civilización. Los griegos han tenido su koiné, nacida del ático y del jonio, y a su lado subsistían los dialectos locales. Hasta en la antigua Babilonia se cree poder establecer que hubo una lengua oficial al lado de dialectos regionales.(Ferdinand de Saussure. Curso de Lingüística general. Losada. Buenos Aires. 1945. Ed 24. 222)

En España, este fenómeno de expansión de una koiné empezó pronto. Sin duda, la naturaleza de la reconquista fue clave al respecto. Gentes de diversos territorios, que entremezclaban dialectos romances y vascones,
conviven en terrenos escasamente poblados y hallan pronto esa revolucionaria koiné que pasará a llamarse castellano. Desde Alfonso X, la variante castellana se convirtió en la lengua romance de prestigio en el Occidente peninsular. Sin embargo, en los últimos treinta años, este proceso histórico ha sido puesto en entredicho. La ignorancia de algunos y el interés de otros han aunado esfuerzos para revertir este proceso de siglos con la excusa de que estamos ante una anormalidad resultante de un supuesto “imperialismo castellano”. Esta política, inusitadamente denominada “normalización”, es la última de las extravagancias que atraviesa la historia de España. Nuestros vecinos de allende los Pirineos disponen también de catalán y vasco, y nadie ha convertido sus escuelas en centros de expulsión de la lengua francesa. En este marco conceptual, se desarrolla la política lingüística de la Comunidad
Autónoma de Galicia. Treinta años de una política que ha crecido independiente del partido en el Gobierno. Razones de control y poder lo explican con facilidad. Muchos, con mejor razón que la mía, han puesto sus ojos en la conculcación de derechos que implica. Nosotros preferimos centrar nuestra mirada en la creación y desarrollo de una neolingua y las querellas internas que ésta lleva consigo.

La elaboración de una lengua
Cuando todo empezó, no existía “el gallego”. Lo que había era una suma de variantes lingüísticas galaicas que, por comodidad, llamábamos gallego. Éstas diferían entre sí en cada comarca y estrato social, al tiempo que el castellano penetraba inextricablemente en su léxico y estructura. La lengua vulgar sobrevivía en entornos populares. El aislamiento de Galicia había permitido su supervivencia, justo al tiempo en que tantas otras variantes lingüísticas hispanas (leonés, aragonés, mozárabe, murciano…) desaparecían; y el analfabetismo del campesinado gallego hizo el resto. Cuando el romanticismo llegó ya tardío a Galicia, una minoría intelectual luchó por convertirla en lengua literaria, creando un gallego poético algo
artificioso.
A partir de esas hablas, los técnicos de la normativización debían construir una lengua reconocible, apta para la Administración y escuela, distinta de las dos grandes lenguas que la rodeaban: el castellano y el portugués. De ahí que el gallego normativo sea lo que los lingüistas llaman “lengua ausbau”, es decir, una lengua de elaboración.

Durante estos treinta años, la cuestión de la lengua ha dividido al nacionalismo en luchas fratricidas. Han discutido su vocabulario, su pronunciación, su morfología y, sobre todo, su ortografía. Querellas insufribles que, lejos de calmarse, continúan hoy escindiendo al nacionalismo gallego. Sin embargo, hacia el exterior, han hecho un frente común. Cada vez que ganaban una batalla, los más radicales planteaban la captura del siguiente fortín. Empezaron solicitando el bilingüismo oficial, prosiguieron con la discriminación positiva, avanzaron hacia la desaparición del castellano como lengua oficial de facto en Galicia, y ahora sueñan con que el uso de éste no pase de ser excepcional, con la excusa del derecho a “vivir en galego”. Pero, significativamente, al tiempo que hacían eso, los radicales criticaban descarnadamente la lengua que ellos mismos querían imponer.

Las palabras de la neolengua
Cuando todo empezó, cuando no existía el gallego nuevo, los galleguistas
emprendieron el camino de la normativización. El régimen autonómico iniciaba sus pasos y era preciso dotar al gallego de una normativa estándar
para su uso administrativo y educativo. El más visible de los dilemas era el del vocabulario. El gallego no había alcanzado las ciudades, la vida urbana,
la alta cultura, el mundo moderno. Si se usaba para hablar de estas cosas, el hablante nativo acudía sin problemas al castellano y, como mucho, lo adaptaba fonéticamente. Ahora era preciso, sin embargo, inventarse todo un vocabulario. Una institución vinculada a la Universidad de Santiago, el Instituto da Lingua Galega, se ocuparía de ello. La duda estribaba en el concepto. ¿De dónde sacar las palabras? Lo más cómodo era continuar acudiendo al castellano, como era natural en Galicia. Pero todos sabían las consecuencias: el gallego acabaría siendo no más que un dialecto. La otra posibilidad era la del portugués, lengua que se había desgajado del gallego a finales de la Edad Media. El problema aquí era que, de hacerlo, la población no sentiría como propia esa neolengua.

La opción fue la del diferencialismo. Se acudió al portugués (al principio, términos técnicos como orzamento; últimamente los lusismos incluyen grazas e, incluso, un nuevo nombre para Galiza), y se prefirió cualquier variante lingüística local que difiriera del castellano.
El neogallego era fiel a la etimología allí donde el castellano se permitía licencias (adxectivo, substantivo, voda,avogado,harmonía, respecto,
venres, dúbida, século…), mientras que, cuando el castellano conservaba
las formas cultas, el gallego prefería el vulgarismo (auga, choiva, Uxío frente a los más extendidos y correctos agua, chuvia, Euxenio…). Suso de Toro, escritor nada sospechoso de antigalleguismo e intelectual de referencia de José Luis Rodríguez Zapatero, protestaba así estas opciones: Algo de ese deseo de encogimiento vi cuando se me apareció por primera vez la palabra “choiva” en un panel en la autopista. (…) esa forma tan minoritaria, no utilizada hasta ahora en la escritura, nos separa de nuestro contexto lingüístico, de los millones de personas que en el mundo dicen “chuvia” y “chuva”. (…) Es un camino de separación que nos conduce a fijar una lengua rara, fuera de contexto. En vez de abrirnos y extendernos, nos encierra y encoge. Nos separa de nuestro contexto lingüístico y nos minoriza. (Suso de Toro. “Choiva y galescolas”. El País.4/11/2007)

Como consecuencia del diferencialismo, el neogallego cuenta hoy con un vocabulario cambiante y artificioso, repleto de palabras jamás pronunciadas por un gallego, palabras de libro y norma, de difícil uso y de aún más difícil estudio. Pues, ¿quién va a decir “peón” cuando quiere referirse a un peatón? Aún más incómodo, ¿quién se atreve a pedir un “polbo” cuando quiere comer pulpo?

¿Cómo suena el neogallego?
La lengua del pueblo (lingoa proletaria do meu pobo según la cita clásica de Celso Emilio Ferreiro) pasó a ser lengua de poder. La usaba la clase política y nos sorprendía en boca de JR en la serie Dallas. La duda de muchos era la siguiente: ¿Cómo había de sonar el neogallego? ¿Cuál había de ser su acento y tono, una vez que salía de aldeas para un uso formal entre gentes de ciudad? A nadie se le escapa que el cerrado acento del gallego de aldea ha sido motivo de mofa desde hace siglos. Dentro y fuera de Galicia, ese acento ha sido un rasgo muy marcado socialmente. Según
marcaba la lógica, los urbanitas neofalantes habrían de asumir los otrora denostados acentos del pueblo. No ocurrió así. Los dos rasgos más característicos de la lengua, dialectales pero bastante extendidos, fueron condenados por demasiado rústicos. Me refiero al seseo y la gheada (El primero es conocido en el dominio hispánico.
En cuanto al segundo, /j/ por /g/, es muy característico de amplias zonas gallegas: soy de Vijo y no lo niejo). Ante ellos, como ante otros muchos rasgos, la minoría normativizadora, que no era de aldea, que en los más de los casos ni siquiera era gallegohablante de cuna, mantuvo los prejuicios lingüísticos seculares y prefirió un neogallego que sonara como… el castellano de Galicia. El cerrado acento de aldea fue visto –es visto– como un rasgo lingüístico a desterrar. Ya lo había denunciado Xesús Alonso Montero en un muy conocido artículo:

En efecto, o escritor máis enxebrista (casticista), tan enxebrista que, ás veces, faise hiperenxebrista, é galeguista –anticastelanista– no vocabulario e na gramática, pero na fonética, el, tan galeguista, é antigaleguista. O escritor –ou o orador– que rexeita (rechaza) a gheada e mailo seseo, constrúe un galego de aversión, de xenreira (odio) ó galego (Xesús Alonso Montero. O escritor galego e o problema da lingoa. Actas do I Congreso. A lingua galega: Historia e actualidad. Volumen II. Santiago de Compostela. 12. 1996).

Un paradójico ejemplo lo hallamos en el discutido topónimo A Coruña. La tradición medieval era clara al respecto; en gallego se decía A Cruña. Los autores nacionalistas (Castelao et alii) habían concurrido en esto y usaban así el topónimo. Sin embargo, para los normativizadores, el Cruña que usaban los aldeanos sonaba demasiado “rústico” de modo que discurrieron un híbrido poco creíble: A Coruña…
Como consecuencia del castellanismo fonético, el acento cerrado de las clases populares sigue siendo un rasgo marcado negativamente en Galicia, sea cual sea la lengua en la que el hablante se exprese. Un estigma social que ha de depurar quien aspire a alzarse socialmente sobre su origen.
La criticada diglosia sigue, pues, vigente en Galicia.

Isolanos frente a reintegratas
Pero la gran batalla intergalaica, aquella que señorea cualquier discusión
sobre la lengua y hace estallar en insultos los foros internos del nacionalismo, es la que disputa las grafías de la neolengua.
Los isolacionistas defienden la existencia de una norma lingüística propiamente gallega. Los reintegracionistas luchan por acercar (reintegrar) esta norma a la del portugués. Los más radicales de estos últimos van más lejos y acaban de formar la Academia Galega da Lingua Portuguesa, que intenta que el gallego se sume al pacto ortográfico que buscan portugueses y brasileños. Para ellos, el gallego ya no es lengua, sino simple dialecto portugués. Dos razones destacan los reintegracionistas, una teórica, otra práctica:
La teoría nos recuerda que el portugués nació de la escisión del gallego, de ahí que sean dialectos de una misma lengua. De orden práctico, es la idea de que el acercamiento al portugués permitiría a los gallegos el dominio de una lengua que hablan casi 200 millones de personas, con las ventajas que ello conlleva.

No es éste el lugar para discutir esos argumentos. Notamos, sólo, que el esencialismo nacionalista, con su cosmovisión de identidades estancas y suprahistóricas, alcanza a la lingüística. La historia de Galicia ha unido castellano y gallego, mientras el portugués –hijo pródigo– desarrollaba otros caminos. En consecuencia, una grafía con las soluciones lusas implicaría una lengua a la que costaría reconocer como gallega.
Pero el debate sobre la norma sigue siendo la cuestión palpitante del neogallego. Éste ha conocido ya tres normas ortográficas distintas (1982, 1995, 2003), sin que la última de ellas, la llamada “normativa de la concordia”, haya abatido la polémica. De ahí esta curiosa paradoja: quien quiera encontrar ataques al gallego, habrá de buscarlos no en los foros del movimiento de liberación lingüística, sino en los del nacionalismo gallego.
Algunas de estas críticas son "razonadas":
Esta lingua planificada ‘in vitro’ por Antón Santamarina e Manuel González é um magnifico exemplo de erratismo, incoerencia e falta de jerarquizaçom de criterios, onde o TODO VALE é a norma simplesmente porque o digo eu.

Otros son "simples insultos" que preferimos no reproducir. Invito al lector curioso a visitar foros como www. vieiros.com y www.arroutadanoticias.com;
cualquier debate acaba degenerando en una fiera discusión sobre la norma.

Esta radicalidad no es anecdótica: el reintegracionismo es dominante entre la minoría juvenil comprometida con el idioma. Su idea se ha ido infiltrando en las élites normativizadoras. Por último, son maioritarias as opinións que sinalan que os responsábeis lingüísticos deberan apostar de forma máis decidida por achegar o galego á área lingüística luso-brasileira, e mesmo, aínda que máis morna (tibia), a que considera que a nosa posición no Eixo Atlántico e o maior intercambio con Portugal debe conducir a unha maior vinculación entre as formas galegas e portuguesas. (Monteagudo y Bouzada (coord.). O proceso de normalización do galego. 1980-2000. Política Lingüística: análise e perspectivas. Consello da Cultura Galega. Santiago de Compostela. 2002).

El propio Anxo Quintana legitimaba, incluso alababa, esta corriente en declaraciones recientes: E o feito (hecho) de que exista o reintegracionismo,
que nos coloca sempre no horizonte, o camiño hacia onde o galego debe de camiñar, paréceme moi interesante e un movemento moi positivo para o país (Quin.tv. Videoblog del 3/12/2008).

No es aventurado afirmar que, tarde o temprano, el neogallego revisará sus normas para abrazar al portugués. Los estudiantes gallegos, que apenas estudian hoy en castellano, que llevan años esforzándose en dominar su ortografía y léxico, se encontrarán con que las formas lingüísticas en las que han estudiado desaparecerán algún día.

El castelego
Y tras tanto dinero, tanto esfuerzo, ¿qué se ha conseguido? El gallego sigue perdiendo hablantes. En algunas ciudades, su uso no pasa de ser anecdótico, al tiempo que el castellano entra en ámbitos –las aldeas– a los que apenas había rozado. Crece, en cambio, el uso litúrgico del gallego. Lengua usada para las ceremonias y los actos públicos, pero que se abandona una vez que las cámaras no enfocan.
Gallego y castellano ya no son (nunca lo fueron) lenguas aparte, fáciles de extricar. Entre ellas hay un continuo que gradúa el paso entre el gallego puro y el castellano estándar. El gallego de aldea, cerrado y difícil de entender, se extingue hoy al tiempo que se extingue el mundo que lo vio nacer. Triunfa el “castelego” (I. M. Roca), el gallego apenas discernible en su estructura y léxico del castellano, el gallego que los medios de comunicación nacionales ya no se molestan en traducir.
Nada importa. Nada de lo antedicho es tenido en cuenta. El experimento para reconstruir al gallego ha de proseguir cueste lo cueste. Ante él se inmolan la educación, la política cultural, la economía, los derechos individuales. Y también el sentido común. Sobre todo el sentido común.

1 comentario:

xoséGZ dijo...

Partindo de premisas como que o galego é unha língua "inventada" queda claro que pouco se pode discutir sobre o artigo.

O galego existía, sen perxuízo da súa variedade dialectal, que era moi ampla. Pero ó mesmo tempo a comunicación entre todos os galegofalantes, dende Tui ata Ribadeo, era perfecta.

Ou tan perfecta como poda selo a comunicación entre todos os castelanfalantes, dende Soria ata La Habana. Ou é que non existe tampouco a língua castelá?