miércoles, 27 de mayo de 2009

España en crisis (I). Crisis de identidad.

Que estamos en crisis ya no lo niega ni el solemne que mora en la Moncloa; que esta nuestra crisis está relacionada con la crisis de confianza provocada en el mercado financiero internacional por los paquetecitos de activos tóxicos con sorpresa “subprime” incluida, no creo que lo haya negado nadie nunca. Pero que esta nuestra crisis tiene su origen, y por tanto su fin, en causas exteriores ajenas a nuestra responsabilidad es una de las mayores falacias que se pueden verter sobre el análisis de las causas y que, de comprar esta mercancía, supondría un obstáculo infranqueable en la búsqueda de las soluciones apropiadas para salir de la misma.
De las crisis, por duras que sean, se sale si se hacen las cosas bien, no hay crisis que cien años dure ni nación que lo aguante; pero si se hacen mal se alarga innecesariamente el sufrimiento de los ciudadanos que las tienen que soportar y resulta obvio que se gestiona rematadamente mal la crisis cuando se está más pendiente de convencer al electorado de que después de cinco años de desgobierno los culpables son otros: la oposición, el mercado, la sequía, la crispación, el ladrillo, los bancos, la Iglesia . . . o el nasciturus castigado con la pena capital.
No son pocos los que, como Casandra en Troya, vienen advirtiendo que la crisis económica española está enraizada en otras crisis que no por ser de distinto cariz son menores y que se presentan como un lastre que viene a impedir la pronta recuperación de la que al afectar al bolsillo aparece como la madre de todas las crisis: la económica, la del crédito, la del empleo, la del consumo, la material . . . pero que en mi modesta opinión no es más que el efecto de otras de las que algo se comentará en futuras entradas de lacomunidadelvino.




La primera y fundamental es la crisis de identidad, elevada a categoría desde el momento en que el presidente por accidente vino a decir aquello de que “el concepto de nación (española, claro) es un concepto discutido y discutible”.
Si el Presidente del Gobierno de la Nación, o como se lee en los carteles propagandísticos de cada obrita del Plan E: Gobierno de España, se permite pronunciar semejante disparate que podríamos tildar, sin temor a equivocarnos, como traición a la patria y no es obligado a dimitir por el clamor popular, por una moción de censura en el Congreso de los Diputados, o por una reconvención pública del Jefe del Estado (a título de Rey) . . . ¿Nos ha de resultar extraño que nos crezcan los separatistas por los cuatro costados y encima mantenidos con el dinero de todos los contribuyentes? ¿Nos ha de resultar extraño que nuestros discentes sean educados en el odio a España reinventando una historia común desgranada, ahora, en historietas propias de las neo taifas? ¿Nos ha de resultar extraño que se pretenda excluir de la vida pública, en Cataluña, Galicia, Valencia, Baleares o Vascongadas, la lengua que nos une por las que nos diferencian? ¿Nos ha de resultar extraño que sea difícil o casi imposible encontrar nuestra bandera en buena parte del territorio nacional? ¿Nos ha de resultar extraño que se procure el consumo de productos locales frente a productos españoles? ¿Nos ha de resultar extraño que con cargo a los Presupuestos Generales del Estado se abran embajadas, legaciones o chiringuitos de CC. AA. en otros países? ¿Nos ha de resultar extraño que los caciques locales confundan en sus peroratas, una y otra vez, país con región? . . . puede seguir el lector hasta el infinito y más allá.


Pues bien, damas y caballeros, niños y niñas, vascas y vascos vamos al fútbol, motor de nuestras vidas ¿Ha resultado extraño que se abuchee, insulte, menosprecie, silbe, ofenda o se mortifique a toda una nación empezando por su máximo representante y acabando por su bandera y por su himno?
¡No hombre no!, hubiese resultado extraño si antes de la fatídica final de la Copa del Rey, paradigma de nuestra crisis de identidad, no hubiesen sucedido los acontecimientos que paso a enumerar:
El acceso a la presidencia del F. C. Barcelona de un separatista confeso.
Sus manifestaciones a los medios de comunicación diciendo que él pertenece a “una pequeña nación que está entre España y Francia” (¿Se referirá a Andorra?).
La bochornosa actitud, reiterada, de que los jugadores de las categorías inferiores del club sean obligados a quedarse en el vestuario mientras suenan los himnos nacionales de los equipos en competiciones internacionales.
La burda propaganda/reivindicación separatista del mapa de los países catalanes sobre el césped del “Nou Camp”, acompañada de pancartas con el socorrido “Catalonia is not Spain” y con el sonido coral de fondo de “puta España”.
Las declaraciones del filósofo/historiador/delantero Henry sobre algo que ha aprendido aquí “que es evidente que Cataluña no es España”. Si un jugador español, ya fuere saharaui o cacereño, y jugando en Francia tuviese la osadía de decir que Córcega no es francesa sería arrastrado a la frontera por una multitud encabezada por la Bruni, con los pechos al aire (menuda es ella), como en la representación pictórica del asalto y toma de La Bastilla.



Y aquí, ¿qué hacemos? Tragamos, bochornosamente, con lo que nos echen. Desde el primero de todos los españoles, el Rey, que está más pendiente de no sufrir un ERE que de ofrecer dignidad a su patria y no dice que esta boca es mía. Pasando por el gobierno y la oposición, hasta los gloriosos medios de comunicación, que pierden el culo para suplicar unas declaracioncitas después del partido al “Henry and company”.
Eso sí, te encuentras por todas las esquinas supuestos ciudadanos que se expresan de esta o de otra guisa parecida: “bueno sí, pitaron, pero el Barcelona jugó muy bien”, “yo me quedo con el fútbol, lo demás no me importa”, “¡hombre no fueron todos!”, “esto es un deporte, no hay que dar importancia, no hay que hacer política” o el estratosférico y concluyente “soy español, de derechas y del Barça ¿qué pasa?”. ¡Nada Hombre! No pasa nada y si pasa se le saluda. Que la fuerza nos acompañe . . . porque somos huérfanos de cualquiera de entre las virtudes propias del patriota.
¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje! (Unamuno).

miércoles, 13 de mayo de 2009

Debate el tomate

Parece buena cosa que frente a lo inescrutable podamos encontrar acomodo en las cosas sencillas que son las propias del sentido común. Ante la incontinencia verbal de quién pretende convencer llenando un plato de la balanza de muchas palabras, es conveniente ir depositando sosegadamente el contrapeso de una atención solícita que separe el grano de la paja, que sea capaz de advertir el significado de tanto requiebro que, habitualmente, solo queda en eso: abundamiento, profusión, plétora, derroche y hartura . . . intentona de evitar que el receptor capte la intrínseca nada que tanto rollo barato ansía ocultar.
Tuve la suerte de llegar a la casa de un buen amigo mientras estaba escuchando el debate sobre el estado de la nación y recibir la contestación que le daba al solemne ZP un padre de familia numerosa, empresario, incansable luchador (me temo que no le queda más remedio), ciudadano ejemplar y el sentido común hecho hombre. Explicaciones propias de quien no habla de oídas y de quien no se arruga ante la demagogia, y que con el permiso del lector paso a referir.

  • Nos anuncia el Presidente que va a bajar un 5% el Impuesto de Sociedades. Y yo me pregunto si en la situación en la que nos encontramos esta pequeña disminución va a ser el revulsivo para que nuevos emprendedores se lancen a la aventura que siempre supone crear una empresa. O que los actuales empresarios decidan ampliar sus inversiones, adquirir nuevos equipos o contratar más empleados. Me temo que no será así porque la reducción que se propone en el impuesto es sobre el beneficio y este está disminuyendo, o se convierte en pérdidas, para casi todas las empresas. Este hombre (refiriéndose a ZP) no entiende aquello de “a grandes males, grandes remedios”.
  • Eso de incentivar la venta de coches con 2.000€ tiene mal aspecto. Primero porque “Papá ZP Noel” pide la contribución de SS MM los RR MM que no son de Oriente, sino de las CCAA y de los fabricantes que tendrían que aportar, unas y otros, 500€. Suponiendo la colaboración incondicional de estos benefactores de la ciudadanía motorizada me temo que ante la tremenda incertidumbre y la falta de confianza en el futuro inmediato, aunque a nadie le amarga un dulce, más de dos se pensarán si merece la pena el desembolso de una cantidad importante de dinero o aguantar con el vehículo actual hasta que se levante la niebla que nos impide ver el final del camino. Además me pregunto ¿por qué ayudas para los fabricantes de coches? ¿queda alguno español? ¿acaso merecen más que los que fabrican otras cosas? . . . El “Presi” dice que hay 300.000 puestos de trabajo en España que dependen del sector, ya, y había dos millones y pico vinculados a la promoción de viviendas, y trabajadores relacionados con el turismo hay un montón ¿subvencionaremos con 200€ las vacaciones de verano? ¿Quién se iría quince días a un hotel de cuatro estrellas, porque le dan una ayudita, sin tener resueltas sus necesidades básicas?
  • Lo que es de traca es la supresión de las deducciones por compra de vivienda en 2011. El tío se cree que vamos a salir disparados a comprar casas como churros y ventilarnos el stock de las 800.000 que están esperándonos con las puertas y las ventanas abiertas, y con las hipotecas concedidas.
  • Sin embargo me ha hecho reír el anuncio de los portátiles para los colegiales, me van a tocar unos cuantos ¿no ha dicho uno por niño? ¿o era uno por cada dos puestos escolares como ya prometió no sé cuándo? Pues si con esto pretende mejorar el fracaso escolar va apañado; mis hijos, que no son sospechosos de estar mal educados ni de carecer de la debida y constante atención, bajaron su rendimiento académico en el trimestre en el que entraron los ordenadores y los móviles con acceso a Internet en casa. Porque por mucho que a los adultos nos parezca un instrumento de trabajo, a ellos la primera acepción que conocen del aparato está relacionada con el ocio. Si es que no aprendemos, en Corea del Sur no utilizan calculadoras en clase (además tienen más alumnos por aula) y los resultados académicos son envidiables, sobre todo en matemáticas.
  • Sigue presumiendo del sólido sistema financiero español y no hay banco, ni caja, que preste un duro a quien lo necesita y cuando lo hace es con súper garantías y unos tipos que no se corresponden ni de lejos con el Euribor más bajo de la historia.
  • Eso sí, mucha píldora abortiva del día después, que a 20€ es un negocio para los laboratorios que la comercializan y para los sistemas sanitarios de las CC AA, que ahorran una pasta en pagos a clínicas privadas abortistas.
  • Y sobre el precio del carburante ni tocarlo, ni mencionarlo, ni menearlo, que alguien se está forrando con el precio del barril de crudo a 58$ (ha subido estos días) y el litro de diesel a ochenta y nueve céntimos de €. ¡ole, ole y ole!

Estaba fino mi amigo y sin necesidad de subirse a la tribuna ni aplausos de los agradecidos. Por cierto el paro por dónde va ¿por el 20%? ¡Bien Presidente estás enorme!







miércoles, 6 de mayo de 2009

LAS PARADOJAS DE LA "NORMALIZACION" DEL GALLEGO

Andrés Freire, filólogo clásico y profesor de Lengua Española y Literatura
Que no nos engañe el tópico: la historia lingüística de España es una historia muy normal, similar a la de Francia, Italia o Alemania. Sólo se distingue de las del entorno por la precocidad y facilidad con la que la variante castellana se impuso sobre las otras variantes surgidas tras la fragmentación del latín. Este proceso lingüístico, por el cual una de las modalidades orales del territorio se convierte en dominante y común, es un proceso constante en todas las comunidades históricas. Es en ese contexto lingüístico en el que durante los últimos treinta años el galleguismo ha elaborado e impulsado el llamado proceso de “normalización”. Pero el resultado no ha sido precisamente el que esperaban sus promotores.

Una historia normal
Así lo resume Ferdinand de Saussure en su clásico Curso de Lingüística General: (…) Abandonada a sí misma, la lengua sólo conoce dialectos, ninguno de los cuales se impone a los demás, y con ello está destinada a un fraccionamiento indefinido. Pero como la civilización, al desarrollarse, multiplica las comunicaciones, se elige, por una especie de convención tácita, uno de los dialectos existentes para hacerlo vehículo de todo cuanto interesa a la nación en su conjunto.
(….) Una vez promovido al rango de lengua oficial y común, el dialecto privilegiado rara vez sigue siendo como era hasta entonces. Se le mezclan elementos dialectales de otras regiones; se hace cada vez más complejo, sin perder del todo por eso su carácter original: así en el francés literario se reconoce bien el dialecto de la Isla de Francia, y el toscano en el italiano común. Sea lo que fuere, la lengua literaria no se impone de la noche a la mañana, y una gran parte de la población resulta ser bilingüe, y hablar a la vez la lengua de todos y el bable (patois) local. Es lo que se ve en muchas regiones de Francia, como en Saboya, donde el francés es una lengua importada y no ha ahogado todavía el bable del terruño. El hecho es general en Alemania y en Italia, donde por todas partes persiste el dialecto al lado de la lengua oficial.

Los mismos hechos han sucedido en todos los tiempos, en todos los pueblos
llegados a cierto grado de civilización. Los griegos han tenido su koiné, nacida del ático y del jonio, y a su lado subsistían los dialectos locales. Hasta en la antigua Babilonia se cree poder establecer que hubo una lengua oficial al lado de dialectos regionales.(Ferdinand de Saussure. Curso de Lingüística general. Losada. Buenos Aires. 1945. Ed 24. 222)

En España, este fenómeno de expansión de una koiné empezó pronto. Sin duda, la naturaleza de la reconquista fue clave al respecto. Gentes de diversos territorios, que entremezclaban dialectos romances y vascones,
conviven en terrenos escasamente poblados y hallan pronto esa revolucionaria koiné que pasará a llamarse castellano. Desde Alfonso X, la variante castellana se convirtió en la lengua romance de prestigio en el Occidente peninsular. Sin embargo, en los últimos treinta años, este proceso histórico ha sido puesto en entredicho. La ignorancia de algunos y el interés de otros han aunado esfuerzos para revertir este proceso de siglos con la excusa de que estamos ante una anormalidad resultante de un supuesto “imperialismo castellano”. Esta política, inusitadamente denominada “normalización”, es la última de las extravagancias que atraviesa la historia de España. Nuestros vecinos de allende los Pirineos disponen también de catalán y vasco, y nadie ha convertido sus escuelas en centros de expulsión de la lengua francesa. En este marco conceptual, se desarrolla la política lingüística de la Comunidad
Autónoma de Galicia. Treinta años de una política que ha crecido independiente del partido en el Gobierno. Razones de control y poder lo explican con facilidad. Muchos, con mejor razón que la mía, han puesto sus ojos en la conculcación de derechos que implica. Nosotros preferimos centrar nuestra mirada en la creación y desarrollo de una neolingua y las querellas internas que ésta lleva consigo.

La elaboración de una lengua
Cuando todo empezó, no existía “el gallego”. Lo que había era una suma de variantes lingüísticas galaicas que, por comodidad, llamábamos gallego. Éstas diferían entre sí en cada comarca y estrato social, al tiempo que el castellano penetraba inextricablemente en su léxico y estructura. La lengua vulgar sobrevivía en entornos populares. El aislamiento de Galicia había permitido su supervivencia, justo al tiempo en que tantas otras variantes lingüísticas hispanas (leonés, aragonés, mozárabe, murciano…) desaparecían; y el analfabetismo del campesinado gallego hizo el resto. Cuando el romanticismo llegó ya tardío a Galicia, una minoría intelectual luchó por convertirla en lengua literaria, creando un gallego poético algo
artificioso.
A partir de esas hablas, los técnicos de la normativización debían construir una lengua reconocible, apta para la Administración y escuela, distinta de las dos grandes lenguas que la rodeaban: el castellano y el portugués. De ahí que el gallego normativo sea lo que los lingüistas llaman “lengua ausbau”, es decir, una lengua de elaboración.

Durante estos treinta años, la cuestión de la lengua ha dividido al nacionalismo en luchas fratricidas. Han discutido su vocabulario, su pronunciación, su morfología y, sobre todo, su ortografía. Querellas insufribles que, lejos de calmarse, continúan hoy escindiendo al nacionalismo gallego. Sin embargo, hacia el exterior, han hecho un frente común. Cada vez que ganaban una batalla, los más radicales planteaban la captura del siguiente fortín. Empezaron solicitando el bilingüismo oficial, prosiguieron con la discriminación positiva, avanzaron hacia la desaparición del castellano como lengua oficial de facto en Galicia, y ahora sueñan con que el uso de éste no pase de ser excepcional, con la excusa del derecho a “vivir en galego”. Pero, significativamente, al tiempo que hacían eso, los radicales criticaban descarnadamente la lengua que ellos mismos querían imponer.

Las palabras de la neolengua
Cuando todo empezó, cuando no existía el gallego nuevo, los galleguistas
emprendieron el camino de la normativización. El régimen autonómico iniciaba sus pasos y era preciso dotar al gallego de una normativa estándar
para su uso administrativo y educativo. El más visible de los dilemas era el del vocabulario. El gallego no había alcanzado las ciudades, la vida urbana,
la alta cultura, el mundo moderno. Si se usaba para hablar de estas cosas, el hablante nativo acudía sin problemas al castellano y, como mucho, lo adaptaba fonéticamente. Ahora era preciso, sin embargo, inventarse todo un vocabulario. Una institución vinculada a la Universidad de Santiago, el Instituto da Lingua Galega, se ocuparía de ello. La duda estribaba en el concepto. ¿De dónde sacar las palabras? Lo más cómodo era continuar acudiendo al castellano, como era natural en Galicia. Pero todos sabían las consecuencias: el gallego acabaría siendo no más que un dialecto. La otra posibilidad era la del portugués, lengua que se había desgajado del gallego a finales de la Edad Media. El problema aquí era que, de hacerlo, la población no sentiría como propia esa neolengua.

La opción fue la del diferencialismo. Se acudió al portugués (al principio, términos técnicos como orzamento; últimamente los lusismos incluyen grazas e, incluso, un nuevo nombre para Galiza), y se prefirió cualquier variante lingüística local que difiriera del castellano.
El neogallego era fiel a la etimología allí donde el castellano se permitía licencias (adxectivo, substantivo, voda,avogado,harmonía, respecto,
venres, dúbida, século…), mientras que, cuando el castellano conservaba
las formas cultas, el gallego prefería el vulgarismo (auga, choiva, Uxío frente a los más extendidos y correctos agua, chuvia, Euxenio…). Suso de Toro, escritor nada sospechoso de antigalleguismo e intelectual de referencia de José Luis Rodríguez Zapatero, protestaba así estas opciones: Algo de ese deseo de encogimiento vi cuando se me apareció por primera vez la palabra “choiva” en un panel en la autopista. (…) esa forma tan minoritaria, no utilizada hasta ahora en la escritura, nos separa de nuestro contexto lingüístico, de los millones de personas que en el mundo dicen “chuvia” y “chuva”. (…) Es un camino de separación que nos conduce a fijar una lengua rara, fuera de contexto. En vez de abrirnos y extendernos, nos encierra y encoge. Nos separa de nuestro contexto lingüístico y nos minoriza. (Suso de Toro. “Choiva y galescolas”. El País.4/11/2007)

Como consecuencia del diferencialismo, el neogallego cuenta hoy con un vocabulario cambiante y artificioso, repleto de palabras jamás pronunciadas por un gallego, palabras de libro y norma, de difícil uso y de aún más difícil estudio. Pues, ¿quién va a decir “peón” cuando quiere referirse a un peatón? Aún más incómodo, ¿quién se atreve a pedir un “polbo” cuando quiere comer pulpo?

¿Cómo suena el neogallego?
La lengua del pueblo (lingoa proletaria do meu pobo según la cita clásica de Celso Emilio Ferreiro) pasó a ser lengua de poder. La usaba la clase política y nos sorprendía en boca de JR en la serie Dallas. La duda de muchos era la siguiente: ¿Cómo había de sonar el neogallego? ¿Cuál había de ser su acento y tono, una vez que salía de aldeas para un uso formal entre gentes de ciudad? A nadie se le escapa que el cerrado acento del gallego de aldea ha sido motivo de mofa desde hace siglos. Dentro y fuera de Galicia, ese acento ha sido un rasgo muy marcado socialmente. Según
marcaba la lógica, los urbanitas neofalantes habrían de asumir los otrora denostados acentos del pueblo. No ocurrió así. Los dos rasgos más característicos de la lengua, dialectales pero bastante extendidos, fueron condenados por demasiado rústicos. Me refiero al seseo y la gheada (El primero es conocido en el dominio hispánico.
En cuanto al segundo, /j/ por /g/, es muy característico de amplias zonas gallegas: soy de Vijo y no lo niejo). Ante ellos, como ante otros muchos rasgos, la minoría normativizadora, que no era de aldea, que en los más de los casos ni siquiera era gallegohablante de cuna, mantuvo los prejuicios lingüísticos seculares y prefirió un neogallego que sonara como… el castellano de Galicia. El cerrado acento de aldea fue visto –es visto– como un rasgo lingüístico a desterrar. Ya lo había denunciado Xesús Alonso Montero en un muy conocido artículo:

En efecto, o escritor máis enxebrista (casticista), tan enxebrista que, ás veces, faise hiperenxebrista, é galeguista –anticastelanista– no vocabulario e na gramática, pero na fonética, el, tan galeguista, é antigaleguista. O escritor –ou o orador– que rexeita (rechaza) a gheada e mailo seseo, constrúe un galego de aversión, de xenreira (odio) ó galego (Xesús Alonso Montero. O escritor galego e o problema da lingoa. Actas do I Congreso. A lingua galega: Historia e actualidad. Volumen II. Santiago de Compostela. 12. 1996).

Un paradójico ejemplo lo hallamos en el discutido topónimo A Coruña. La tradición medieval era clara al respecto; en gallego se decía A Cruña. Los autores nacionalistas (Castelao et alii) habían concurrido en esto y usaban así el topónimo. Sin embargo, para los normativizadores, el Cruña que usaban los aldeanos sonaba demasiado “rústico” de modo que discurrieron un híbrido poco creíble: A Coruña…
Como consecuencia del castellanismo fonético, el acento cerrado de las clases populares sigue siendo un rasgo marcado negativamente en Galicia, sea cual sea la lengua en la que el hablante se exprese. Un estigma social que ha de depurar quien aspire a alzarse socialmente sobre su origen.
La criticada diglosia sigue, pues, vigente en Galicia.

Isolanos frente a reintegratas
Pero la gran batalla intergalaica, aquella que señorea cualquier discusión
sobre la lengua y hace estallar en insultos los foros internos del nacionalismo, es la que disputa las grafías de la neolengua.
Los isolacionistas defienden la existencia de una norma lingüística propiamente gallega. Los reintegracionistas luchan por acercar (reintegrar) esta norma a la del portugués. Los más radicales de estos últimos van más lejos y acaban de formar la Academia Galega da Lingua Portuguesa, que intenta que el gallego se sume al pacto ortográfico que buscan portugueses y brasileños. Para ellos, el gallego ya no es lengua, sino simple dialecto portugués. Dos razones destacan los reintegracionistas, una teórica, otra práctica:
La teoría nos recuerda que el portugués nació de la escisión del gallego, de ahí que sean dialectos de una misma lengua. De orden práctico, es la idea de que el acercamiento al portugués permitiría a los gallegos el dominio de una lengua que hablan casi 200 millones de personas, con las ventajas que ello conlleva.

No es éste el lugar para discutir esos argumentos. Notamos, sólo, que el esencialismo nacionalista, con su cosmovisión de identidades estancas y suprahistóricas, alcanza a la lingüística. La historia de Galicia ha unido castellano y gallego, mientras el portugués –hijo pródigo– desarrollaba otros caminos. En consecuencia, una grafía con las soluciones lusas implicaría una lengua a la que costaría reconocer como gallega.
Pero el debate sobre la norma sigue siendo la cuestión palpitante del neogallego. Éste ha conocido ya tres normas ortográficas distintas (1982, 1995, 2003), sin que la última de ellas, la llamada “normativa de la concordia”, haya abatido la polémica. De ahí esta curiosa paradoja: quien quiera encontrar ataques al gallego, habrá de buscarlos no en los foros del movimiento de liberación lingüística, sino en los del nacionalismo gallego.
Algunas de estas críticas son "razonadas":
Esta lingua planificada ‘in vitro’ por Antón Santamarina e Manuel González é um magnifico exemplo de erratismo, incoerencia e falta de jerarquizaçom de criterios, onde o TODO VALE é a norma simplesmente porque o digo eu.

Otros son "simples insultos" que preferimos no reproducir. Invito al lector curioso a visitar foros como www. vieiros.com y www.arroutadanoticias.com;
cualquier debate acaba degenerando en una fiera discusión sobre la norma.

Esta radicalidad no es anecdótica: el reintegracionismo es dominante entre la minoría juvenil comprometida con el idioma. Su idea se ha ido infiltrando en las élites normativizadoras. Por último, son maioritarias as opinións que sinalan que os responsábeis lingüísticos deberan apostar de forma máis decidida por achegar o galego á área lingüística luso-brasileira, e mesmo, aínda que máis morna (tibia), a que considera que a nosa posición no Eixo Atlántico e o maior intercambio con Portugal debe conducir a unha maior vinculación entre as formas galegas e portuguesas. (Monteagudo y Bouzada (coord.). O proceso de normalización do galego. 1980-2000. Política Lingüística: análise e perspectivas. Consello da Cultura Galega. Santiago de Compostela. 2002).

El propio Anxo Quintana legitimaba, incluso alababa, esta corriente en declaraciones recientes: E o feito (hecho) de que exista o reintegracionismo,
que nos coloca sempre no horizonte, o camiño hacia onde o galego debe de camiñar, paréceme moi interesante e un movemento moi positivo para o país (Quin.tv. Videoblog del 3/12/2008).

No es aventurado afirmar que, tarde o temprano, el neogallego revisará sus normas para abrazar al portugués. Los estudiantes gallegos, que apenas estudian hoy en castellano, que llevan años esforzándose en dominar su ortografía y léxico, se encontrarán con que las formas lingüísticas en las que han estudiado desaparecerán algún día.

El castelego
Y tras tanto dinero, tanto esfuerzo, ¿qué se ha conseguido? El gallego sigue perdiendo hablantes. En algunas ciudades, su uso no pasa de ser anecdótico, al tiempo que el castellano entra en ámbitos –las aldeas– a los que apenas había rozado. Crece, en cambio, el uso litúrgico del gallego. Lengua usada para las ceremonias y los actos públicos, pero que se abandona una vez que las cámaras no enfocan.
Gallego y castellano ya no son (nunca lo fueron) lenguas aparte, fáciles de extricar. Entre ellas hay un continuo que gradúa el paso entre el gallego puro y el castellano estándar. El gallego de aldea, cerrado y difícil de entender, se extingue hoy al tiempo que se extingue el mundo que lo vio nacer. Triunfa el “castelego” (I. M. Roca), el gallego apenas discernible en su estructura y léxico del castellano, el gallego que los medios de comunicación nacionales ya no se molestan en traducir.
Nada importa. Nada de lo antedicho es tenido en cuenta. El experimento para reconstruir al gallego ha de proseguir cueste lo cueste. Ante él se inmolan la educación, la política cultural, la economía, los derechos individuales. Y también el sentido común. Sobre todo el sentido común.