domingo, 17 de noviembre de 2013

Prestige, aborto y Depor.

El pasado miércoles día once el Presidente de la sección primera de la Audiencia Provincial de La Coruña daba a conocer la sentencia del Prestige mediante su lectura.
En la puerta del Palacio de Justicia se reunían detrás de una pancarta con la leyenda "nunca mais" quince manifestantes (los que yo conté, aunque no es menos cierto que en la foto de la escalinata se dobla el número). Acompañaban a los concentrados un contingente superior, en cantidad y en material, de profesionales de los medios de comunicación; y un contingente similar de miembros de la Policía Nacional.
Hoy domingo se han concentrado en la Plaza de María Pita, de la misma localidad, una treintena de personas que han escuchado otra lectura, en este caso la de un manifiesto cuya autoría recae en los organizadores de la "marcha por la vida". Con un discreto despliegue de medios de comunicación y de cuerpos y fuerzas de seguridad. Tan discreto que sólo se ha podido identificar a dos cámaras de televisión (una de ellas de la Tvg) y a ningún policía uniformado.
Sin entrar a valorar la importancia de los asuntos que han llevado a los ciudadanos a estas dos concentraciones, por un lado una catástrofe medioambiental de enormes consecuencias y por el otro una catástrofe humana con enormes pérdidas en vidas inocentes, y ante la enorme desproporción de recursos empleados por las empresas informativas entre un evento y el otro cabría preguntarse ¿Quién decide la importancia de informar sobre qué acontecimientos?
O quizá la pregunta adecuada sería ¿qué le importa al ciudadano del siglo XXI hoy? Y ya puestos y por el mismo precio ¿qué acontecimiento multiplicaría por mil el número de asistentes? . . . Pueden ser preguntas de difícil respuesta . . . o quizá no: Depor 3-1 Mallorca.

domingo, 10 de noviembre de 2013

La noche de los cristales rotos (Kristallnacht).

"El 10 de noviembre, al dirigirme a mi despacho, tuve que pasar ante las ruinas, todavía humeantes, de la sinagoga de Berlín. Era este el cuarto de los graves acontecimientos que marcaron el carácter del último año anterior a la guerra. Este recuerdo óptico constituye hoy en día una de las experiencias más deprimentes de mi vida, pues lo que más me molestó entonces fue la contemplación del desorden que reinaba en la Fasanenstrasse: vigas carbonizadas, trozos de fachadas derruidas, paredes calcinadas… Anticipos de una imagen que se habría de adueñar de casi toda Europa durante la guerra. Pero lo que más me perturbó fue el nuevo despertar político de la «calle». Los cristales rotos de los escaparates herían, ante todo, mi sentido burgués del orden.
No me di cuenta entonces de que se había roto algo más que los cristales; de que aquella noche Hitler había cruzado por cuarta vez en un solo año el Rubicón y que había hecho irrevocable el destino de su Reich. ¿Percibí entonces, siquiera por un momento fugaz, que estaba comenzando algo que habría de concluir con la destrucción de un grupo de nuestro pueblo? ¿Que también cambiaría mi sustancia moral? No lo sé. Me tomé más bien con indiferencia lo sucedido. Contribuyeron a ello algunas palabras de pesar de Hitler, quien aseguró que él no deseaba esos ataques. Casi parecía avergonzado. Goebbels insinuó más tarde, en la intimidad, que el iniciador de aquella triste y monstruosa noche había sido él mismo, y creo perfectamente posible que pusiera a un Hitler vacilante frente a los hechos consumados para imponerle la ley de la acción.
Siempre me ha sorprendido no recordar apenas las observaciones antisemitas de Hitler. Retrospectivamente puedo recomponer, partiendo de los elementos que conservo en la memoria, lo que entonces me llamaba la atención: la discrepancia respecto a la imagen que había querido forjarme de Hitler; la preocupación por su creciente decaimiento físico; la esperanza de que se suavizara la lucha contra la Iglesia; el anuncio de utópicas metas lejanas; toda clase de curiosidades… En aquel tiempo, el odio de Hitler hacia los judíos me parecía tan natural que no me impresionaba.
Yo sentía que era el arquitecto de Hitler. Los acontecimientos políticos no eran de mi incumbencia. Me limitaba a darles un escenario imponente. Hitler me reafirmaba a diario en esta forma de ver las cosas al invitarme a discutir únicamente sobre arquitectura; además, mi intromisión en cuestiones políticas se habría achacado a la presunción de un advenedizo. Me sentí y me vi dispensado de cualquier toma de posición. Además, la educación nacionalsocialista pretendía la compartimentación del pensamiento; se esperaba de mí que me limitara a la arquitectura. En qué grotesca medida me aferré a esta ilusión lo demuestra mi informe a Hitler de 1944: «La misión que debo cumplir es apolítica. Me he sentido a gusto en mi trabajo cuando tanto este como yo mismo han sido considerados y valorados solo desde un punto de vista profesional».
Sin embargo, la distinción carecía, en el fondo, de importancia. Hoy me parece que habla de mi esfuerzo por mantener alejada de mi imagen idealizada de Hitler la habitual puesta en práctica de las consignas antisemitas que aparecían en las pancartas que colgaban a la entrada de las poblaciones y que constituían el tema de las tertulias del té. Pues, naturalmente, en realidad no tenía la menor importancia quién había movilizado a la plebe y la había lanzado contra las sinagogas y las tiendas judías, ni si la acción se había producido a instancias de Hitler o sólo con su autorización.
Después de salir de Spandau, se me ha preguntado una y otra vez lo que yo mismo traté de averiguar durante las dos décadas que pasé en la soledad de mi celda: lo que sabía de la persecución, deportación y exterminio de los judíos; lo que habría tenido que saber y la parte de culpa que creía tener.
No volveré a dar la respuesta con la que durante tanto tiempo he tratado de tranquilizar a los que me lo preguntaban y sobre todo a mí mismo: que en el sistema de Hitler, como en todos los regímenes totalitarios, cuanto más alta era la posición que uno ocupaba, mayores eran el aislamiento y el blindaje respecto al exterior; que la tecnificación del asesinato reduce el número de asesinos y aumenta la posibilidad de ignorar su existencia; que la manía secretista del régimen creaba diversos grados de iniciación, lo que daba a todo el mundo la oportunidad de no percibir lo inhumano.
No volveré a dar estas respuestas, con las que intentamos enfrentarnos a lo que sucedió como lo haría un abogado. Es verdad que yo, en mi calidad de protegido y, más tarde, influyente ministro de Hitler, me hallaba aislado; es verdad que el atenerse exclusivamente a sus asuntos dio grandes posibilidades de evasión tanto al arquitecto como después al ministro de Armamentos; es verdad que no sabía lo que comenzó en aquella noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 y culminó en Auschwitz y Maidanek. Pero la dimensión de mi aislamiento, la intensidad de mi evasión y mi grado de ignorancia eran cosas que, en definitiva, determinaba yo mismo.
He llegado a comprender que mis torturantes exámenes de conciencia plantean la cuestión de forma tan equivocada como los curiosos con los que me ido tropezando. Si lo sabía o no lo sabía, y cuánto sabía, se convierte en una cuestión del todo irrelevante al lado de la cantidad de cosas horribles que debería haber sabido y en las consecuencias que se derivaban con toda claridad de lo poco que sí sabía. En el fondo, los que me interrogan esperan que me justifique. Sin embargo, no tengo ninguna excusa.”

Pasaje de: Memorias. Albert Speer.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El TEDH, la venganza y la justicia.

El famoso, y nunca bien ponderado, código babilonio de Hammurabi es uno de los primeros compendios legislativos de la historia. El ojo por ojo y diente por diente trata de poner orden en la inacabable espiral de venganza en la que se veían envueltos víctimas y victimarios.
 Mediante un "pacto social", en palabras de Rousseau, el hombre en sociedad cede a una instancia superior legitimada el "Ius Puniendi" como forma de control frente a la razón de la fuerza.
Nuestro Cid Campeador "descarta la venganza, sustituyéndola por una reparación legal, fallada juridídicamente en la corte del rey" según recoge Menéndez Pidal. Al héroe no le guía la pasión de la venganza por la afrenta recibida en Corpes sino que se acoge a la justicia real.

 Nosotros descansamos en el Poder Punitivo del Estado que constituye la potestad constitucionalmente legitimada de crear leyes e instituciones represivas que garanticen la protección de los derechos y bienes más importantes de nuestra Nación y de cada uno de sus ciudadanos. El individuo abandona la reparación, por cuenta propia, del daño que le han causado a cambio de una justicia que garantize un mejor resultado que la mera represalia particular, que más que compensar convertiría la vida en sociedad en una peligrosa selva.

 Pero ¿qué es lo que pasa cuando el agraviado no ve colmada su sed de justicia? ¿Qué sucede cuando se retuerce la ley en aras de una negociación política?
La sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos supone una estación más del calvario al que son sometidas las víctima de ETA. Si volvemos la vista no muy atrás veremos como los asesinos han sido arropados por sus amigos mientras que las víctimas han estado mucho menos acompañadas. Algunas han tenido que sufrir la indiferencia cuando no el escarnio de los que se sienten más cómodos con los que ponen las pistolas que con los que ponen la cabezas receptoras de sus balas.

Aguantamos a sus representantes en nuestras instituciones democráticas. En esas instituciones por las que han muerto o han quedado mutilados ciudadanos españoles; precisamente por eso: por ser españoles. Víctimas que tienen nombre y apellidos que son los suyos pero que podían haber sido los tuyos o los míos. Porque no han sido objetivo de la metralla o de las balas por llamarse de una forma determinada sino porque el objetivo de los asesinos es generar el terror necesario para que esas instituciones se tambaleen y hagan realidad su traidor sueño separatista.

 En Atenas honraban a sus ciudadanos muertos a manos de los enemigos de la polis.
Tucídides pone en boca de Pericles, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, una oración fúnebre que no podemos pretender en España porque no tenemos un Pericles, ni tan siquiera tenemos un Alcibíades. Nuestras víctimas han derramado su sangre y no solo no les hemos procurado una oración fúnebre sino que hemos mirado para otro lado y hemos permitido que el TEDH los escupa en la cara siguiendo los consejos de López Guerra y la voz de su amo ZP.

 No buscaron venganza porque creyeron en la justicia y confiaron en las bonitas palabras: abandonaos en manos del Estado de Derecho que ejercerá su capacidad punitiva sobre los transgresores que tendrán que soportar todo el peso de la Ley.
Pero no leyeron la letra pequeña: siempre y cuando no se entre en contraposición con la oportunidad política y con la estulticia patogena de la cobarde casta que nos conduce por la cañada hacia los verdes pastos y, una vez llegada la tarde, de nuevo al corral.

 En la antigüedad griega llamaban idiota al que no participaba en los asuntos públicos obsesionado por sus pequeñeces particulares y que resultaba, a fin de cuentas, manipulado por todos. En la modernidad española hay mucho idiota, sin memoria sin dignidad y sin conocer la virtud de la justicia . . . y un Presidente que la otra tarde vió llover.

 P.D.: Si te has quedado con mal sabor de boca, amable lector, pincha el siguiente enlace
http://lacomunidadelvino.blogspot.com.es/2011/10/por-mis-cojones.html

domingo, 22 de julio de 2012

Dios y la Iglesia

Peter Seewald:
Muchas comunidades cristianas parecen cansadas. Con frecuencia falta el espíritu, el valor de pensar lo insólito más allá de las opiniones habituales y de los modernismos, de querer defender siquiera los fundamentos de la fe. A muchos de los cristianos imbuidos del espíritu de la época les encantaría formar parte de una empresa de servicios que se enterase de las necesidades de sus miembros por encuestas de opinión. Incluso a algunos obispos parece haberles abandonado el Espíritu Santo hace mucho tiempo.
¿No podría suceder también que alguna vez haya que decir: <>? Y quién sabe, ¿por qué no iba a ser posible que Dios abandone a su Iglesia, que se canse de ella y se retire, al menos temporalmente?

Joseph Raztinger:
El cansancio de la Iglesia existe, y sin duda también el fenómeno de <>, como dice el Apocalipsis. Recordemos el siglo XVI. Las monografías existentes al respecto revelan qué adaptable era la Iglesia establecida, que débil la fe de los obispos. Y es que se habían convertido en parte del sistema, en cualquier caso no estaban en condiciones de ser testigos vivientes de la fe, ni de arrostrar el martirio. Ellos observaron cómo se abría uno paso de la mejor manera posible y, en el mejor de los casos, intentaron evitar lo peor. Y mientras tanto Iglesia casi se durmió, a punto estuvo de desaparecer.
Situaciones similares podrán repetirse siempre. Entonces el Espíritu Santo nos avergüenza enviando de repente la necesaria renovación de un sitio completamente distinto. Las fuerzas renovadoras de su tiempo surgieron entonces en Teresa de Ávila, en Juan de La Cruz, en Ignacio de Loyola, en Felipe Neri y en algunos otros. Su nuevo impulso sorprendió y asustó primero a la institución, pero, en última instancia, se reveló como el punto de partida de la auténtica renovación.
El cansancio de la Iglesia existe, desde luego. La Iglesia puede incluso cansarse en zonas culturales enteras y también caer. En las cartas a las siete iglesias, que señalan ejemplarmente el futuro, el Apocalipsis advierte: <>. De hecho, bajo las tormentas del Islam, no solo desapareció la floreciente Iglesia de Asia Menor, que fue en su día parte esencial de la Iglesia, sino también la del norte de África. Como es natural, allí también colaboró la violencia de los conquistadores, el aplastamiento de sectores enteros de la población; no pretendemos lanzar aquí denuncias simples contra una Iglesia cansada. Pero con todo, puede suceder.
La promesa de Cristo -<>- no significa tampoco que cada diócesis tenga la seguridad de que durará eternamente. Aunque sí que la Iglesia como tal será su ámbito vital, su organismo, su cuerpo, su cepa hasta el regreso del Señor.

Conversación del libro DIOS Y EL MUNDO (Editorial Galaxia Gutenberg), páginas 341-343.

miércoles, 11 de julio de 2012

Para entender la Iglesia

Peter Seewald:
La iglesia no es un producto histórico fortuito, un capricho de la historia, al menos desde su punto de vista. Los que no pertenecen a ella, por el contrario, suelen considerarla una organización con poder y propiedades, parecida a una empresa, solo que sus directores de departamento van por ahí con traje talar. El papa León el Grande dijo una vez que, para comprender un poco a esta Iglesia, para entenderla aunque sólo fuera de lejos, había que deshacerse antes de la “oscuridad de los pensamientos terrenales y del humo de la sabiduría mundana”.

Joseph Raztinger:
Bueno, se puede vivir la Iglesia en planos muy diferentes. Podemos considerarla de forma puramente institucional, como una de las instituciones existentes en el mundo, o contemplarla desde un punto de vista puramente sociológico. Desde luego, si sólo la analizamos desde el punto de vista institucional, siempre nos quedaremos en la superficie.
Creo que una de las tentaciones de esta sociedad nuestra, muy activa y racional, es hacer accesible la Iglesia mediante comisiones, gremios y deliberaciones. Se la querría hacer más manejable y más práctica, convertirla en cierto modo en una obra humana, en la que algunas mayorías acabasen decidiendo lo que en realidad hay que creer o no, o cosas por el estilo. Pero de este modo se alejaría cada vez más de sí misma y ya no alcanzaría el núcleo de lo viviente, y mucho menos de lo divino.
En mi opinión, para entender bien a la Iglesia hemos de contemplarla sobre todo a partir de la liturgia. Ahí es donde es más ella misma, donde es continuamente tocada y renovada por el Señor. Porque en la liturgia tenemos que vivirla a partir de la Sagrada Escritura, de los sacramentos, de las grandes oraciones de la cristiandad. Y precisamente así se puede, como dice León el Grande, limpiar poco a poco el humo que hace el aire irrespirable y quitarnos los granos de arena de los ojos para ver mejor.
Entonces comprenderemos que la Iglesia es mucho más profunda. Que forma parte de ella la comunidad de los santos, la comunidad de los que nos han precedido, incluyendo a los santos desconocidos y sencillos. Que vive en el interior de numerosas personas creyentes que están íntimamente unidas a Cristo. Cristo es la fuerza constante que vivifica esa vid y la hace fructificar. En este sentido, la autenticidad de la Iglesia trasciende con creces lo que se puede recoger mediante estadísticas o ejecutar mediante resoluciones. Es un organismo cuyo ciclo vital procede del mismo Cristo.

Conversación del libro DIOS Y EL MUNDO (Editorial Galaxia Gutemberg), páginas 324-325.

lunes, 13 de febrero de 2012

La propiedad de los hijos

El editorial del periódico El País, de dos de febrero de 2012, con título: "Cambios sobre cambios" y subtítulo: "Las reformas del PP son ideológicas y generan inestabilidad en el sistema educativo", nos cuenta como debería ser el sistema educativo en el país de las maravillas; esto es, en un país gobernado por la izquierda, con sus dirigentes de izquierdas en ministerio y consejerías del ramo y con una asignatura clave, troncal y la re pera que eduque para la consecución de una buena ciudadanía, de izquierdas por supuesto.
Entre otras cosas se despacha, el editorialista, con el siguiente párrafo que debería ser colocado en el frontispicio de todos los centros comerciales, grandes superficies, estadios de fútbol y demás lugares de afluencia masiva, si los hubiera: ". . . en cualquier caso, los niños no son propiedad de los padres y un Estado democrático y aconfesional tiene la obligación de organizar la enseñanza teniendo en cuenta lo que beneficia a su formación integral, a veces al margen de las preferencias particulares de los progenitores o de sus iglesias." ¡Con dos cojones! (el entrecomillado es del editorial; la expresión de la RAE y mía).
Dice Nicolás Gómez Dávila, en su libro de escolios, que "la prensa de izquierda le fabrica a la izquierda los grandes hombres que la naturaleza y la historia no le fabrican", y esto lo dice el filósofo colombiano porque no lee (falleció en 1994) la prensa progre de España; porque si así lo hubiera hecho tendría que añadir que además le fabrica el discurso, el programa y el chascarrillo.
¿Así que los niños no son propiedad de los padres? ¡Pues claro que no! Uno es propietario de su coche, de su vivienda o de sus gafas de sol, pero no de sus hijos. La naturaleza jurídica de las relaciones paterno-filiales no tiene que ver con la propiedad; tampoco con el uso, ni con el alquiler. Aviso para navegantes por las procelosas aguas de la progresía.
Pero no metamos el dedo en el ojo del editorialista, quizá quería decir que los padres, como individuos, no son quién, comparados con la magnificencia del colectivo, del Estado. Quizá quería decir que la responsabilidad de la educación de los hijos no podía quedar en manos de cualquier pelagatos. Quizá no reparó al parir su texto en el Título VII del Código Civil, de las relaciones paterno-filiares; en cuyo Capítulo Primero, Artículo 154 recoge: "Los hijos no emancipados están bajo la potestad de los padres . . . Esta potestad comprende los siguientes deberes y facultades:
Velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral. Representarlos y administrar sus bienes."
Hombre la verdad es como para pensárselo. En esta situación de crisis, en la que nos han metido los camaradas y compañeros mártires de "El País", podría ser una salida que papá Estado acompañase, alimentase, educase . . . etc., a nuestros vástagos, mientras los papás biológicos emigramos en busca de trabajo. Y de paso que papá Estado asuma lo que recoge la Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, que nos recuerda que los padres responden civilmente de manera solidaria por las acciones u omisiones de sus hijos, al señalar literalmente su artículo 61.3 que, "cuando el responsable de los hechos cometidos sea un menor de 18 años, responderán solidariamente con él de los daños y perjuicios causados sus padres, tutores, acogedores y guardadores legales o de hecho, por este orden."

Dicho esto, le voy a informar a "El País", digno sucesor del oráculo de Delfos, de la existencia de otros dos Estados democráticos y aconfesionales famosos por cumplir, a rajatabla, con sus obligaciones de "organizar la enseñanza teniendo en cuenta" el beneficio de . . . los que gobiernan.
Esparta y su Agogé. A Licurgo y sucesores se les ocurrió que a partir de los siete años, el niño debía ser educado por el Estado. Se rompía todo vínculo con la familia natural y era distribuido, junto con el resto de niños, en "agelai" (rebaños).
Y la URSS y su adoctrinamiento. ¿Qué decir de la Patria del Socialismo y de su educación "al margen de las preferencias particulares de los progenitores y de sus iglesias"? Nada, que hable el "Archipiélago Gulag" de Alexandr Solzhenistsyn: "La persona que creía poseer la verdad espiritual debía ocultarla… ¡a sus propios hijos! En los años veinte la educación religiosa caía en el artículo 58-10, es decir, ¡propaganda contrarrevolucionaria! Cierto es que el tribunal daba la posibilidad de abjurar de la religión. Aunque no era frecuente, podía darse el caso de que el padre abjurara y se quedara al cuidado de los hijos mientras la madre era enviada a Solovki (en estas décadas, las mujeres demostraron tener una fe más firme). A todos los creyentes les echaban diez años, la pena máxima en aquel entonces."

Pues eso que "las reformas del PP generan inestabilidad en el sistema educativo" y la editorial que nos ocupa genera inestabilidad en el sistema solar, cansado de alumbrar a tanto ingeniero social enemigo de la libertad.

¡Salud camaradas!

domingo, 15 de enero de 2012

Muerte en la Universidad

El título es de su autor: Miguel Ángel Pérez Álvarez y el subtítulo mío: “O el desastre de la educación universitaria en España; campo de batalla de políticos inútiles, docentes metidos a políticos y discentes que aprovechan las supuestas ganancias del río revuelto”.

Miguel Ángel es amigo y la amistad requiere esfuerzo para no convertirse en “conocidos y va que chuta”; también es catedrático de Derecho Civil de la UDC, de los de antes, y la cátedra requiere esfuerzo para no convertirse en un jeta o para no salir pitando viendo como está el patio que se nos descubre en el libro.

Ese esfuerzo, de amigo, es el que creí que debía hacer comprando y leyendo “Muerte en la Universidad” durante las navidades, que ya tienen su propio esfuerzo material y espiritual. Pero ese esfuerzo, raudo se conformó en sorpresa, dedica el libro a Mou, y más pronto que tarde en agradecimiento, admiración y congoja.
Agradecimiento porque una vez empezado quieres seguir leyendo; admiración porque, en menos que se persigna un monaguillo loco, comprendes lo que es el plan Bolonia y su versión española; y congoja por el temor de que al autor le ocurriere lo mismo que al finado protagonista de la historia a su regreso a las aulas, después del parón del Adviento, la Navidad y la Epifanía.
Mientras escribo este post no me han llegado noticias de lo que sería un desgraciado acontecimiento. Tal vez porque esta denuncia novelada no ha llegado a quienes se puedan sentir identificados con algunos personajes retratados, o porque eliminado el pecado no existen pecadores y ni el Tato piensa que hace mal su trabajo.

El libro, en cuestión, ha tenido que competir, por unidades de mi tiempo dedicado a la lectura, con el “Archipiélago Gulag” de Aleksandr Solzhenitsyn y con el “Kaputt” de Curzio Malaparte. Grandes competidores a los que ha desplazado. Es por ello que recomiendo su lectura.
En estos tiempos de muchas crisis, nos da a conocer una, de las que con más dificultad vamos a salir y de la que difícilmente se podrá zafar la mayoría de los jóvenes en edad de merecer estudios superiores. La igualdad de oportunidades, en cuanto una formación de calidad y que sirva para algo se resquebraja. Ahora, más que nunca, el que disponga de medios económicos para costearse lo que no obtendrá en el “Grado” será candidato a los mejores puestos. Triste final de la demagogia igualitaria.
“Muerte en la universidad” te hará reír por no llorar.

Lo edita Civitas, prestigiosa editorial jurídica que por vez primera edita una novela. Y si has llegado hasta aquí, amable lector, no dudes en leerlo, te sorprenderá.